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jueves, 13 mayo 2010

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Sergio Farras

Prostitución “clasificada” o la triste historia de Pedro Navaja.
Es muy antigua costumbre del hombre dejarse llevar por su instinto y pensar ardiente para acabar expulsando al demonio por el prepucio. El hombre cachondo contemporáneo, actual y moderno, en su estado más primitivo, se desvanece entre deseos que alimentan su oscuridad y les quema vivo por dentro. Actuando conscientemente y cubriendo su rostro tapado con la máscara social. Como excusa y pretexto, se coge su tiempo libre para satisfacer la necesidad de la “bestia” que todos los hombres llevamos dentro. Un disimulo que suele ocultar una doble moral. Que cede y se desploma, como la cuerda cuando se suelta de la polea y el cubo emprende la inevitable caída libre.
Suelen haber más casas de “relax” que bibliotecas. Se conoce que a la cultura le cuesta entrar un poco más en el pasatiempo y el entretenimiento diario que al orgulloso y erecto falo, que va en busca de de aventuras y orificio para saciar placeres de la carne. De ese, que le llaman necesidad y qué es de trueque, pago por adelantado y que suele crear afición.
Esto contenta a Pedro Navaja, aquel personaje de la conocida canción de Rubén Blade, que siempre llevaba las manos escondidas en los bolsillos de su gabán, y zapatillas por si hay problemas salir volao”.
Prostituirse debe de ser muy triste y de amargo sabor. E igual tampoco es el oficio más antiguo del mundo, para acabar siendo sólo un repetido y excusado tópico para poder alimentar las conciencias más canallas y tapar las miserias más escondidas en la parte más perversa de nuestras mentes. Y, como no hay vicio que no quite salud ni que sea de gratis, las mal llamadas “mujeres de la vida”, se encuentran ahora en una disyuntiva y dilema principalista para sus intereses mercantiles y de proyección comercial, para ofrecer eso de lo que llaman “sus servicios”.
Ahora, se quiere poner “manos” en el asunto, limitando o excluyendo de los medios de prensa sus anuncios incitadores y de eróticos avatares. Este es un terreno de barro donde es fácil encallar para quedarse, probablemente, en el mismo sitio. Ahora quieren que pensemos que así, se pueda hacer que la prostitución sea algo menos pragmático y poder darle a la cosa una visión más efímera, humana y cálida. Siempre ha habido dos lecturas sobre la prostitución: la vocación y la devoción, que suelen ser vistos desde diferentes puntos de vista. Cubierta ésta última, por la miserable capa de la necesidad más de carencia y de escasez. Una necesidad a veces traumática, a veces marginal con sombras de penuria.
Por ambas partes “contratantes”; cliente y prostituta, en una operación de naturaleza mercantil, acuerdan compartir unos trozos de sus vidas, pero con las emociones normalmente confundidas de por medio. Y, a veces, hasta despreciando el rol de unas mujeres de vida sin fortuna, explotadas y mal llamadas putas. Prostituta suena mejor que ramera y tampoco es necesario ofender al gremio.
En este “amor” de tributo y de trueque acordado bajo previo pago, la poesía queda ausente y estéril por carecer de sentido. Y no hay sentimiento ni promesas de amor que cumplir, ¡no es necesario! En las tinieblas de los vicios bastarán los besos más oscuros para avergonzarse de ser sujeto civilizado. Manchados besos serán dados, probablemente de esos que hacen llorar después a solas, en la intimidad más apartada y de recoletos aislados del alma. De guardar callados silencios en alcobas manchadas de falsos abrazos sin valor afectivo ninguno. Hay caricias que pueden hacer daño, que rasgan la piel como cepillos de espinas de esparto, que sesgan y retuercen las emociones, que repugnan en el estómago como el vinagre ingerido a borbotones. Y de este tema no se puede hacer poesía, sólo áspera y acartonada prosa.
Como a tres calles de aquella esquina una mujer va recorriendo la esquina por quinta vez, y en un bar entra y se da un trago para olvidar, que el día está flojo y no hay clientes “pa” trabajar.
Pero tampoco se puede negar una latente realidad, pues clientela y propuesta sexual siempre existirán. Tristemente, o buscando el punto humano de aquél que el sexo le negó su disfrute por camino natural. Como vía de expresión, el sexo es un arte de prepago y a conciencia comercial, un simple instinto primario que satisfacer. La hipocresía siempre ha sido enemiga de aplicar el sentido común y prudentes creencias, porque impopular y molesta sería su legislación, como escandalosa su aceptación. Y la sociedad, ya se sabe, prefiere ignorar las miserias que les rodean mientras los clientes no pueden prescindir de la “carne prieta” de la fulana. Hay casas de relax que abren las veinticuatro horas, como las farmacias o las gasolineras.
Si no hubiera anuncios en prensa ya se las ingeniaría el gremio para difundir el gran lucro del beneficio de la “carne”, corriendo el peligro de recuperar la figura del proxeneta autónomo y callejero, que es profesión miserable y canalla. Como la de Pedro Navaja, “que usaba un sobrero de ala ancha de medio lao”. Este negocio mueve millones de euros al año, tantos como falos deseosos de alegrías y disfrutes. No es fácil detener este tipo de navíos, pues su inercia acabaría produciendo un mal mayor y, del muelle iría a la deriva sin poder poner freno ni contención, para acabar en inevitable naufragio.
No está claro que los periódicos sean cooperadores necesarios de esta maquinación y probable apaño de salvación de esta desagradable profesión. Pues tampoco podríamos culpar a los medios de prensa si un estafador hiciese el mal a sabiendas, ofreciendo cualquier producto financiero de sospechosa rentabilidad. O cualquiera que tenga un mal día, emular a los de la “Matanza de Tejas” porque vio anunciada una moto sierra que estaba de oferta. Matar al mensajero siempre ha sido una mala idea y no suele solucionar el problema. Aquí, la ética y la moral son como cortinas de humo que condensa y espesa una realidad palpable y sabida por todos. La prostitución, tristemente igual es un mal necesario. El problema no es la mujer que decide libremente ejercer el acto de alquilar su cuerpo por unos momentos. Sino el proxeneta, que es el cáncer verdadero de la metástasis de esta necesidad. Pues este, no es un ángel de la guarda protector, sino un explotador que se aprovecha de la turbia desventura de este mal social.
“Aquel que por la esquina del viejo barrio lo vieron pasar con el “tumbao” que tienen los guapos al caminar, y las manos siempre en los bolsillos para que no sepan en cuál de ellas lleva el puñal”.
La “alegalidad” que envuelve, ambiguamente, el ejercicio de la prostitución no ayuda a poner el hilo en la aguja. Y prostitutas y clientes van confundidos, llevándolo todo a terreno arriesgado y peligroso por carecer de control y dirección adecuada a los tiempos. Quizás la regulación de este sector diera una nueva perspectiva, que intentar dar un falso y adulterado prestigio social. Y las profesionales del sexo pudieran cotizar a la Seguridad Social, tener un mínimo de protección y tributar con sus impuestos como todo ciudadano. Pero probablemente no estemos preparados para todo esto. Pues girar el rostro al dilema y darle la espalada al problema siempre es más cómodo que mirar a los ojos vidriosos y cansados de esa mujer, que espera agobiada en el burdel bajo un marchito farolillo de color rojo que no alumbra más que su pena.
Los besos de las prostitutas saben siempre igual, pero con olores diferentes. Como si ese olor fuese licor de azufre que les quema por dentro. El desnudo cuerpo se llaga con úlceras que infectan sus conciencias, bebiéndose normalmente la juventud de sus jóvenes vidas mientras las ilusiones se vuelven rancias. Muerta la vida emocional y los sentimientos aturdidos y equivocados. Rotos los sueños con la facilidad con la que se rompe un cristal. Mujeres de vidrio, mujeres como figuras de porcelana que pasan de mano en mano, despreciando normalmente su género y su condición que derrama una falsa compasión. Para que al final, sus corazones acaben siendo como jardines estériles donde ya no se estirarán jamás las flores. Pues unas manos desconocidas y extrañas a diario transfiguran sus cuerpos, que les impregnan como una suciedad que llevan adherida a la piel. Y como el lodo del barrizal, difícil de despojarse y de olvidar son los rostros diferentes que a diario ven pasar. Uno tras otro, cliente tras cliente, servicio tras servicio. Igual no hay detergente que limpie el alma del mugriento y pringoso bajo instinto, ni esencia que la perfume para volver a su ser y olor natural, de la mujer libre y exenta de lascivas apetencias.


“Pedro navaja las manos siempre dentro del gabán, mira y sonríe y el diente de oro vuelve a brillar. Mientras camina pasa la vista de esquina a esquina, no se ve un alma está desierta toda la avenida, cuando de pronto esa mujer sale del bar, Y Pedro Navaja aprieta un puño dentro del gabán”.
Todo esto puede acabar en remiendo y descosido, un incauto parche para cubrir de una fina tela permeable el problema. Y sólo ser un apaño para esconder una apariencia, para presumir de una moral que no siempre se practica. Un código deontológico en la prostitución es tan imposible como absurdo. Pues anular el bajo instinto de los clientes para hacerles entender que tratan con mujeres de cristal, siempre diferentes pero normalmente las mismas, con las que descargan embistiendo sus deseos más lascivos a diario. Es tarea ardua poner mandamiento en una profesión donde casi nunca se filtra una gota de empatía.
Un anuncio tampoco es una opinión, ni sentencia vaticana que lleve a la verdad absoluta. Sino un reclamo que por su propio volcán se precipita.
Quizás una regulación del sector evitaría que hombres como Pedro Navaja, puñal en mano le fuera para encima, a esa mujer. Y que el diente de oro no alumbrara toda la avenida mientras, riendo, el puñal se hundiera sin compasión en el cuerpo de esa mujer. Y al otro lado no se oyera el inevitable sonido de un Smith and Wesson del especial sonando como un cañón.
En el fondo, igual la ilusión de toda prostituta sería decir a su proxeneta: “Yo que pensaba hoy no es mi día, que estoy salá. Pero Pedro Navaja tú estás peor, tú estás en na”.
Sergio Farras, escritor tremendista

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