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miércoles, 07 julio 2010

La importancia de la procedencia

JEFF JARVIS / Buzzmachine

Jarvis  Jeff Jarvis reflexiona sobre la importancia de la fuente, de la procedencia de la información. Internet facilita al periodista enseñarle al lector de dónde viene su noticia, un asunto sobre el que debate a través de Twitter con Dan Gillmor y Jay Rosen. Si saber de dónde viene algo que consumimos en la vida diaria, también es fundamental conocer la procedencia de la información a la que otorgamos confianza.

Las noticias, como el arte, exigen citar la procedencia.

He escrito eso en Twitter, sumándome a una conversación entre Dan Gillmor y Jay Rosen en la que intentaban entender cómo The Washington Post podía citar sólo quejas de fuente anónimas en su artículo sobre McChrystal. Jay escribió: “Se supone que nos tenemos que fiar porque lo publicó The Washington Post. Y ese es el problema. No nos da ninguna otro fundamento”. Desde el punto de vista del Post, por lo tanto, su marca aporta toda la procedencia que se necesita: es la fuente de la confianza. Pero nuestro planteamiento es que queremos saber de dónde salen esas opiniones; queremos ir a la fuente.

La fuente de procedencia se está convirtiendo en algo cada vez más importante en muchos campos que señalaré a continuación. ¿Por qué? Porque es posible. Y como es posible, es algo que se espera. El hiperenlace facilita indicar la procedencia: haga clic aquí para ver la fuente. Internet facilita la procedencia: busque aquí para saber de dónde sale esto. La economía de los enlaces requiere procedencia: enlace para apoyar el periodismo en su origen. La ética de los enlaces demanda indicar la procedencia. Y punto.

Tanto en periodismo como en debates, la ética de la procedencia que he ido aprendiendo, especialmente en los blogs, es que uno debe de incluir enlaces hacia sus fuentes...

  • Para que yo pueda mostrar mi trabajo y tú puedas juzgar y entenderlo adecuadamente;
  • Para que el lector pueda juzgar mis fuentes. “No aceptes los que digo”, viene a decir el enlace. “Haz clic y míralo tú mismo”;
  • Para que el lector pueda profundizar. Citar la procedencia es también un servicio;
  • Para que la fuente reciba su reconocimiento;
  • Para que la fuente pueda hallar valor en el tráfico que le envío, a través de anuncios o de las relaciones que prefiera (si la fuente es más inteligente que Rupert Murdoch y se da cuenta de que hay valor en esas personas que hacen clic y llegan a la página);
  • Para apoyar el periodismo original (esta es una razón por la que Google News rastrea ahora las fuentes, para buscar al que origina la historia: para darnos una mejor fuente y dar mayor apoyo a la fuente);
  • Para que el periodista demuestre que ha hecho verdadero reporterismo y ha añadido verdadero valor, y que no solo ha reescrito comunicados de prensa;
  • Para que la empresa de información pueda ahorrar dinero y utilice a los periodistas para tareas más valoradas (haz lo que sabes hacer mejor y enlaza hacia el resto);
  • Para que la empresa de información pueda ahorrar dinero a través de colaboraciones;
  • Para que se asuman responsabilidades. Me fiaré más de lo que leo si sé quién lo dice. El anonimato devalúa la confianza, tanto en la fuente que se esconde detrás del mismo como en el periodista que toma un atajo al aceptarlo.

En lo que concierne al contenido, a medida que la creación se convierte en algo sobreabundante y el valor cambia del creador al que lo selecciona, cada vez resulta más importante citar correctamente y enlazar hacia las fuentes, e incluso añadir valor a esos enlaces explicando por qué ese clic merece la pena y animando a la gente a hacer ese viaje. Una buena selección de contenido exige buena procedencia.

Pero la nueva importancia de citar la procedencia afecta a mucho más que el periodismo. Afecta a cualquier empresa que ofrezca un producto. Véase a Rob Walker en el New York Times Magazine hablando de nuestro deseo (o eso espera) de saber dónde están hechos nuestros aparatos tecnológicos para así no contribuir a las precarias condiciones laborales en fábricas de Asia. Esta tendencia sigue la misma necesidad que tiene la industria de la moda de demostrar su desvinculación de las fábricas en donde se trabaja en condiciones de explotación (una de mis estudiantes de periodismo innovador, Jenni Avins, está haciendo la página Closettour.com y un negocio a partir de saber lo que viste cada uno). Cuando se trata de productos, queremos saber:

  • En dónde se han hecho;
  • Por quién;
  • En qué condiciones;
  • Usando qué materiales;
  • Causando qué daños;
  • Viajando qué distancia;
  • Con las garantías de calidad de quién;
  • Con las garantías de seguridad de quién.

Con la detección de productos peligrosos que llegan desde China, ahora queremos saber la procedencia de todo, desde la comida del perro hasta el pladur, para conocer su seguridad.

El mercado transparente que ha creado internet reduce la capacidad de las empresas de sacar beneficio ocultando el precio, ya que en la red siempre podemos encontrar qué es lo más barato. Así pues las empresas necesitarán competir cada vez más en el terreno de la ética. Eso exigirá que abran sus fuentes, cadenas de suministro, fábricas y negocios para que las podamos juzgar. Frente a dos productos iguales (dos rollos de papel higiénico), la procedencia de uno, nuestra capacidad para saber dónde y cómo se hizo, puede ser lo que defina la ventaja competitiva. Pero no aceptaremos la palabra de la empresa sin más, no más de lo que deberíamos aceptar sin más la de The Washington Post: exigiremos que nos lo demuestren. Ser público (es lo que defenderé en mi próximo libro) se convierte en un activo.

Pero la procedencia puede ser también un indicativo de mayor valor. Cuando sabemos de dónde vienen las uvas, quizás paguemos más por el vino. Todo el mundo sabe que los tomates de Jersey valen más que los de Florida (sin ánimo de ofender). La fuente procedencia se está convirtiendo, por supuesto, en algo cada vez más importante en la política y en el gobierno. Queremos saber las fuentes de financiación de un político y su influencia sobre él. Queremos saber quién ha asignado unos fondos públicos, para así poder exigirle responsabilidades.

La cita de las fuentes siempre ha sido algo normal en el mundo académico, pero ahora, gracias a los hiperenlaces, se ha convertido en algo mucho más valioso, no solo para dar crédito a los autores, sino para dar a los estudiantes la oportunidad de explorar y aprender más por su cuenta.

Finalmente, en una cultura de remezclas como la actual, una manera de compartir reconocimiento y valor es incluyendo enlaces.

Esto es por qué los editores de The Washington Post y de todas partes deben de aprender que ya no llega con pensar que ellos son el destino final, que pueden ser quienes validan la confianza, que nuestras cabecitas no se deben de preocupar sobre el origen de las noticias. Esta es la razón por la que nosotros, los lectores, debemos mejorar en el ejercicio de aceptar y evaluar los resultados de una mayor apertura, y ser hábiles a la hora de juzgar nosotros mismos las fuentes. Esto es por qué las empresas deben de entender que se espera que vayan abriendo sus procesos.

La fuente de procedencia ya no es meramente un detalle que tienen artistas, académicos y bodegueros. Es una ética que esperamos.

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